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CRÓNICA | ​Nunca pensé que el hambre sería mi compañera en la vejez

La crisis obliga a algunos pensionados a vivir de la caridad para poder escapar del hambre

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Por: Nadeska Noriega Ávila | Griselda Acosta | Julio Mendoza – El Pitazo

Rafael Vargas soñaba con pasar sus últimos años tendido en una hamaca frente a la playa. Tener una choza en un conuco en la costa este de La Guaira, donde nació hace 72 años. Cree que eso merecía por haber trabajado de sol a sol en el puerto varguense de caletero por más de 40 años. Sabe que haber vivido años de bochinche, derroche y farra en su juventud no fue buena idea. Por eso no tuvo pareja fija, ni hijos que le echaran una mano. Pero por lo menos le quedó la pensión. Esa pensión que lo ha ayudado en los últimos años.

Lo que Vargas y otros cientos de venezolanos no suponían era que su plan de vida para los años dorados no serviría. Que la pensión no les alcanzaría para nada. O quizás, para medio comer. Quizás para una que otra medicina.

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En Venezuela, según cifras del Instituto Nacional de Estadísticas (INE), 3,2 millones de adultos mayores son beneficiados con el pago de pensión a través del Instituto Venezolano de los Seguros Sociales (IVSS). La pensión por vejez equivale actualmente a un sueldo mínimo, es decir a Bs. 27.091,00. Tan solo el 4% de lo estimado por el Centro Nacional de Documentación y Análisis Social (Cendas) para cubrir la Canasta Básica Familiar durante un mes, calculada en Bs. 575.328,04, para noviembre de este año.

“Mira, cobro la pensión el día 10 de cada mes. El 12 ya no tengo nada. De esos 27 mil bolívares, le doy 14 mil a mi hermana Carmen para que me haga el almuerzo todos los días. Yo vivo en un apartamento que construí sobre la casa que era de mis padres. Con lo que me queda me compro unos remedios. No todos porque no alcanza. También pago lo que pido fiado en la panadería. Allí compro un pan dulce y un café con leche grande. Eso me debe alcanzar para cenar y desayunar al día siguiente. La pensión no alcanza para comer”, cuenta Vargas, mientras suspira, pensando qué parte de las reglas matemáticas puede saltar para hacer rendir esos reales.

“Lo peor de llegar a viejo en esta época, es que lo que me queda por vivir, lo vivo con hambre. Y qué maluco es eso. Las tripas me suenan, pero mi hermana dice que lo que le doy no alcanza. A veces hay plátano con arroz. Otros días yuca con un poquito de salado. Y los granos no se consiguen”.

Aunque cuesta admitirlo, la crisis obliga a algunos pensionados a vivir de la caridad para poder escapar del hambre. “Hay días en que me paro en la plaza de Maiquetía y veo a hijos de mis amigos y me saludan. Si me preguntan cómo estoy yo les digo que si tienen para que me brinden algo en la panadería. Algunos me dicen que sí y otros, pues me ayudan con algo. Da pena, pero sino es así, no como”.

La pena también se convierte en impotencia. Así se siente Juan Paz. 97 años a cuestas y una lucidez privilegiada. “A veces quisiera olvidar, para no tener que comparar los tiempos pasados con estos”.

No sabe cómo lo logró, pero con un sueldo básico como empleado del desaparecido Ministerio de Obras Públicas compró su apartamento en Caricuao, en Caracas, levantó a sus hijos y hacía mercado completo.

Paz entrecierra los ojos para ordenar sus ideas. Para no violentar su discurso. Para suavizar su respuesta cuando es consultado sobre un tema tan elemental como la comida. “A diario me toca aguantar el hambre, remediarme con algo que pueda quedar en la nevera; me toca esperar que mi hijo me traiga algo, si consigue. Un pan, aunque tengo días que no pruebo pan, a pesar de que tenemos una panadería cerca, pero la cola es muy larga y mi hijo no la puede hacer de lunes a viernes porque tiene que trabajar. Mi pensión y su sueldo no nos alcanzan, el precio de los alimentos sube cada día”, reflexiona con visible incomodidad.

Sabe que llegó a esta edad por el cuido de sus familiares y por la buena alimentación que podía proveerse. Pero ya no es así. Ya no puede ser así.

“En los últimos meses estamos comiendo muy poco. Un pan con queso para pasar el día, sardina con yuca y jugo sin azúcar. Cuando comemos caraotas nos creemos millonarios. He perdido ocho kilos. Las piernas se resienten, están muy flacas y debo apoyarme más en el bastón”. De repente calla. La impotencia le roba las palabras. El dolor apaga su discurso. Le mina su fe. Paz teme por su salud. Teme vivir así. Le teme al hambre.

“Quién me iba a decir que el hambre sería mi compañera de vejez. Esto se cuenta y no se cree”. Juan Paz quiere esconderse en el pasado, hablar del pasado. Hablar de ese pasado que le permitía comida y medicinas, con su trabajo. Quiere escapar de este presente, pero sus piernas, la pensión y el hambre no lo han dejado.

De esta realidad tampoco escapó Rafael Espinoza. Allá en San Fernando de Apure se veía trabajando un trocito de tierra. Su tierra para un glorioso retiro. Pero no ha podido ser así. La pensión la usa para comprar las bolsas de comida que son vendidas en su casa por los Comités Locales de Alimentación y Producción (Clap). A los 65 años debe aportar una cuota importante para sostener a una familia de seis personas. El hambre llegó un día y lo tomó por sorpresa. No la mitigó el agua, ni el embuste de guarapo con panela de caña de azúcar. Ese día supo que a pesar de la edad y de la pensión, debía salir nuevamente a trabajar.

“Hay que garantizarse la comida. Yo fui obrero y trabajé siempre en faenas pesadas. Mi cuerpo está adolorido, pero es mejor soportar un dolor, que soportar el hambre. Así que todos los días salgo a rebuscarme, limpiando monte en urbanizaciones privadas, para poder poner comida en la mesa”.

Espinoza cree que la muerte llegará rápido, porque no descansa. El inicio de su tercera edad ha sido de dura tarea. Pero prefiere lidiar con ese temor, que con el hambre. A esa compañera no la quiere de dupla. “Esperar por una pensión, para que al final sirva de tan poco”, lamenta el llanero, que enfrenta la cruda realidad; la misma que se vive en la capital o en la costa frente al mar: la pensión ya no salva a ningún viejito del hambre.

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